Por: Emiliano Hernández Camargo.
A Juan Nava Stenner y a mí nos hermana la pasión por Durango. Son sus palabras el aval de la responsabilidad que hemos asumido de “rescatar los valores duranguenses y proyectarlos hacia el futuro para preservar una identidad que nos es propia sólo a nosotros, a nuestra tierra y que seguramente sin renunciar a nuestra orgullosa mexicanidad nos hace diferentes”. Por ello le doy la bienvenida a su nuevo libro. “Entre Durango y el Cielo”.
En este texto me refiero al origen y proceso de construcción del concepto. A su naturaleza y componentes esenciales. Asimismo al movimiento de reflexión que se ha venido dando sobre “lo durangueño”, en la comunidad cultural, entre quienes vivimos en territorio estatal y los que por diversas circunstancias residen en otras entidades federativas ó en el extranjero.
En concordancia con los propósitos de este libro emblemático que tienen en sus manos, el texto que sigue va dirigido a los duranguenses – Capitulo segundo de la Constitución Política del Estado de Durango – y a quienes se sienten durangueños. Especialmente a los jóvenes, a los migrantes y a los que en el extranjero están en vías de adquirir la doble nacionalidad. Se enfoca en las cosas que debemos saber sobre Durangueñeidad. Tomo en cuenta el derrotero segundo en la configuración del concepto que desembocó en la formación de mi libro, La Durangueñeidad. El Orgullo de lo Nuestro y las aportaciones de otros autores al mismo tema.
Mi versión inicial de la identidad duranguense es de 1978. Surgió en diálogos con el Ing. Jesús Tébar Rodríguez y el Lic. Alejandro Martínez Camberos. Se soportaba en los elementos de identidad cultural, la naturaleza, la arquitectura, la poesía, la elocuencia, el ITD y los duranguenses que por su trayectoria nacional y mundial eran prestigio y fortaleza del estado. Mi primera aproximación a la definición de Durangueñeidad se produjo en 1988 y en la década de los noventa se convirtió la Durangueñeidad como uno de los ejes del Programa de Cultura e Identidad Duranguense del gobierno del estado que se implementó con la participación del historiador Javier Guerrero Romero.
Esta vez me anima la intención de dejar algunas pistas a quienes se preocupan por el estudio y la divulgación de las principales características del “ser durangueño”, tomando en cuenta que centro de nuestra atención es Durango. El territorio de nuestra entidad federativa y la ciudad capital. Puntos de referencia son, la identidad cultural, nuestra trayectoria histórica, el sentido de pertenencia y los valores y obligaciones que nos convierten en integrantes de la durangueñeidad activa.
I. Duranguense o durangueño es el gentilicio de los que somos ó nos sentimos de Durango.
El haber nacido en Durango nos hace durangueños y el residir en el territorio del estado nos convierte en duranguenses – según la explicación del cronista de la ciudad y autor del libro Leyendas de Durango, Manuel Lozoya Cigarroa – pero a decir de mi inolvidable amigo el lingüista Arrigo Coen, en 1991, también lo son los que adquieren esa investidura por el “derecho de sangre” (jus sanguinis). “En mi – decía – por la sangre que me filtró la placenta de una ilustre, y siempre orgullosa durangueña, Pancha Anitúa, más tarde la sublime contralto de fama internacional Fanny”.
No obstante reconozco que largo y fecundo ha sido el debate sobre el uso del gentilicio adecuado para designar a los habitantes de Durango. Hay que recordar que Durango es el nombre de nuestro estado, del municipio y de la ciudad capital de la entidad (Victoria de Durango) y que ciudades con el mismo nombre existen tres, Durango México y Durango Estados Unidos y la más antigua de ellas, justo de las que se derivó el nombre de ambas es la pequeña población de Durango de la provincia vasca en la Vizcaya española, donde se aplica el gentilicio de durangués, para designar a los oriundos de esa tierra.
En nuestro estado, los habitantes de las diversas poblaciones de la entidad, se reconocen indistintamente como durangueños ó duranguenses, sin que en el medio rural exista una diferenciación especifica para designar a los habitantes de la capital del estado, de igual forma los habitantes de la capital no designan de una manera diferente a los habitantes del medio rural sólo como duranguenses sino que se usa de manera indistinta cualquiera de los dos términos.
En lo que respecta al gentilicio, yo personalmente utilizo duranguense ó durangueño, sin una distinción, retomando la definición que aparece en el “Diccionario de Español Moderno” de Martín Alonso, en el que señala que “duranguense es un adjetivo que significa “del estado mexicano de Durango” ó “relativo a este estado” y dícese también durangueño”.
Pero en el esquema de Arrigo, todos en mi familia somos duranguenses ó durangueños. Mis padres y mis ocho hermanos y mis hijos y nietos nacidos en el territorio de Durango. Mi esposa y dos de mis hijas y nietos que nacieron, respectivamente en Sinaloa, Oaxaca y la ciudad de México. También mi yerno y un nieto que nacieron en Estados Unidos y vivieron en Durango. Todos nos sentimos duranguenses ó durangueños. El sentido de pertenencia va más allá de donde se nace y reside. Todos somos igualmente duranguenses ó durangueños porque la identidad se lleva en la sangre, en el sentimiento, la voluntad y el compromiso.
II. La idea de la Durangueñeidad ha estado siempre presente en el alma colectiva de todas las generaciones, vinculada a la ciudad, desde los inicios del mestizaje en el siglo XVI y al estado desde su formación en 1824, como entidad federativa de la República.
En una mirada retrospectiva, el sentido de pertenencia a nuestra tierra y su evocación siempre se ha hecho presente en el inconsciente colectivo de los duranguenses de todas las generaciones – en sentimientos, emoción, memoria, razón y conocimiento –, pero a los de mi generación les ha tocado contribuir a la reafirmación de la identidad duranguense en el marco de lo nacional, del siglo XX, y de la globalidad avasallante del siglo XXI.
La configuración de “lo duranguense” empezó en el siglo XVI y se ha ido redefiniendo en un proceso que llega a nuestros días. En los tiempos de la Nueva Vizcaya (siglos XVI, XVII y XVIII) en que la ciudad de Durango fue sede del gobierno político y cabeza del arzobispado que gobernó espiritualmente el septentrión hispano, y a partir de la formación de la República, en que se crea Durango, en 1824, como Estado Libre y Soberano de los Estados Unidos Mexicanos hasta nuestros días pasando por los periodos históricos de la Reforma y la Revolución Mexicana, en la que a decir del historiador José de la Cruz Pacheco, Durango ocupó una posición central y se generaron diversas identidades en el marco del nacionalismo mexicano. Durante esos cinco siglos nos hemos identificado con Durango, primero con la ciudad y después con el Estado.
Ese es el punto de referencia de nuestro sentido de pertenencia e identidad histórica y cultural. Ahora bien, los durangueños también nos decimos norteños, término que se aplica a todos los habitantes de lo que anteriormente se llamaba “la tierra bárbara del Norte”, donde, como lo señaló irónicamente José Vasconcelos, termina la cultura y empieza la carne asada. Las características antropométricas de los norteños, en particular, en relación con los habitantes oriundos del centro y sur del país, son muy señaladas y tienen su origen en factores eminentemente étnicos. En el centro, sur y sureste del país se produjo desde la conquista un proceso de mestizaje diferente al que se gestó en la región Norte, ya han apuntado los estudiosos Jiménez Moreno y Guerrero Romero que los elementos que determinan el llamado indomestizaje del centro y sur, en relación con el euromestizaje del norte es diferente.
III. La Durangueñeidad es un amor comprometido con Durango que conlleva la obligación moral de engrandecer al Estado.
La palabra Durangueñeidad compuesta por la raíz que forman la palabra Durango, nombre de nuestro estado, del municipio y de la capital, y el sufijo “dad” que proviene del griego y significa propiedad ó cualidad, se refiere precisamente a la cualidad de lo duranguense, a sus características especificas y propias. La formación de la palabra durangueñeidad proviene de un proceso lingüístico denominado nominalización, el cual se realiza cuando una actividad, condición ó relación continua (verbo, adverbio ó adjetivo), se representa como objeto o sustantivo (Picallo, 2003: 365).
Una primera versión del concepto la escribí en 1988, desde la perspectiva de los que vivíamos en la ciudad de México. Entonces me referí a los Hombres y Mujeres ilustres de Durango. Nos movía el amor a Durango, un – amor en acción –, difundido como “un amor comprometido… de hacer crecer a Durango, con el corazón, el cerebro y las manos de los que habitan dentro de sus límites geográficos así como los de la diáspora”. Eso subrayamos era “en una palabra cumplir con el deber moral de la Durangueñeidad”…
Al subrayar la esencia del concepto puntualizaba “la Durangueñeidad… es una obligación moral… pues se trata sobre todo de fidelidad a las raíces, a la entraña vital, al riñón de las vivencias ancestrales. Por lo demás es una fidelidad inculcada en el seno del hogar, de padres a hijos, de generación en generación. Como fijador de esas primigenias imágenes actúa el pasaje, el entorno vital, el medio ambiente de resonancias tradicionales. Así se integran en un profundo contexto histórico”.
IV. La Durangueñeidad es uno de los valores de los duranguenses. Es identidad histórica y cultural.
¿Pero cuales son nuestros valores y símbolos y que es la identidad duranguense? Entre los valores que se han mantenido como constante e ideal de nuestro “ser durangueño” figuran: La franqueza, la lealtad, la hospitalidad y la solidaridad familiar. Respecto a los símbolos tradicionales que nos identifican, todavía perviven, y son punto de conexión con los duranguenses de las distintas regiones del estado, entre otros, la Catedral, el Centro Histórico, la Sierra Madre, la flora y la fauna, el Bolsón de Mapimi, La Laguna, Francisco Villa, Guadalupe Victoria, el alacrán y el Cerro de Mercado. Pero más fuertes aún son nuestras tradiciones.
La identidad duranguense es un proceso que se expresa a través del lenguaje, de la construcción de símbolos y estereotipos que el ser duranguense va construyendo o consumiendo a lo largo de su vida; no es un fenómeno que pueda explicarse en sí mismo como un proceso racional de conocimiento y aprehensión de la realidad. Las personas racionalizan su mundo, pero también lo viven a través de sus emociones y sentimientos.
El término de identidad se refiere al conjunto de lazos y descubrimientos que desde el origen de la colectividad duranguense vamos construyendo y encontrando hacia fuera y hacia dentro de nosotros mismos, de nuestro ego cultural. En el caso de los duranguenses lo que nos caracteriza por ejemplo como individuos y como estado, el acento, el folclor, la vestimenta, la comida, hasta la forma en cómo pintamos nuestras casas, reímos o lloramos, nuestra historia y hasta la visión que tenemos del proyecto que queremos para el estado y municipio o la influencia que obtenemos del entorno territorial y la naturaleza.
Los duranguenses por ejemplo vivimos unidos al sentimiento familiar, al núcleo de origen; a la comida, a la música, a la poesía. Como dice la poetisa Elia María Morelos, en Kicham, “En Durango la luna, es otra luna”.
El ser duranguense parte de una noción local y regional, y en esta dimensión, sé es diferente del zacatecano o del sinaloense, sin dejar de ser mexicano. Cuando somos conscientes de las diferencias que existen frente a los demás comienza la construcción propia de lo que somos. De lo que nos identifica. En otros aspectos, lo que define a la comunidad son también los factores sociales, culturales, étnicos, lingüísticos, económicos y territoriales; así como la conciencia histórica.
La historia de Durango es, por mucho, diferente a la de Chiapas ó a la de la Ciudad de México. Incluso diferente a la de La Laguna. Esa diferencia palpable, en la cual están involucrados aspectos étnicos, económicos y espacio-geográficos, determinaron y determinan la construcción de la personalidad de estos lugares. (De ahí la propuesta de una nueva periodización de la historia de Durango en el siglo XX).
La concepción de identidad duranguense, desde una perspectiva holística, considera además los siguientes aspectos esenciales, somos duranguenses porque así lo entendemos y porque así lo entienden los otros. La identidad es producto del devenir histórico y atraviesa distintas etapas; continuamente se está reproduciendo, situación que le permite desarrollarse y enriquecerse o debilitarse e incluso desaparecer. En este aspecto, el duranguense del siglo XVII en nada se parece al de principios del siglo XX o al duranguense que inmerso en la globalización, observa su mundo desde otra perspectiva.
La identidad de un grupo no significa completa homogeneidad entre sus miembros, ella no niega la diversidad, la heterogeneidad en su seno; aunque predomine lo común como regularidad. Este aspecto es interesante acotarlo pues, existe una identidad duranguense, pero dentro de ésta se admiten diferencias palpables entre sus habitantes. Así pues, el habitante de las zonas urbanas, difiere en mucho del campesino o de aquel que habita la región de las Quebradas. La identidad no significa pues igualdad, pero si pertenencia.
V. La cultura popular, las fiestas tradicionales y las ferias refuerzan la identidad duranguense y el sentido de pertenencia.
El fortalecimiento de la identidad, entendida como el reconocimiento de la tierra, de las tradiciones, las costumbres, las fiestas, la afirmación de lo propio, conforma los elementos que dan sentido y necesidad del retorno a la tierra y participación activa en las fiestas y tradiciones comunitarias de quienes permanecen en ella.
Los recuerdos de las fiestas y costumbres tradicionales fortalecen los lazos de unión de las comunidades aunque sus integrantes se encuentren alejados, buscan de una u otra forma el acercamiento a las mismas, ó cuando menos el goce mediante el recuerdo de la festividad que en esos momentos se realiza en su tierra.
Las fiestas y celebraciones populares, tienen dos orígenes fundamentales: las vinculadas a los procesos religiosos relacionadas con el cultivo y fruto de la tierra, y recientemente en los centros de población urbana con un origen económico denominadas ferias, aun cuando las tradiciones y fiestas populares permanecen en prácticamente todos los barrios de las ciudades.
Las fiestas patronales de las poblaciones y barrios, contienen un alto denominador religioso, en muchas de ellas se han fusionado elementos paganos que les dan singularidad. A pesar de que en las actividades que se realizan, como las reliquias, los atoles, el ofrecimiento de ceras o flores, han ido desapareciendo, el sentido de su origen permanece como rango distintivo del mismo. Aún cuando muchas familias ya no saben por qué hay que realizar las reliquias por ejemplo, saben sin embargo que la fiesta sin su reliquia no tiene el sentido ó el sabor de la tradición heredada, por lo que éstas se continúan realizando.
Los inmigrantes regresan a las fiestas de su tierra y cuando por una u otra razón no es así, justo en las fechas de las mismas realizan, consciente ó inconscientemente actos de reflexión, de recuerdo y añoranza, esto es justamente el principio de la identidad, el sentido de pertenencia a un lugar, a un espacio, a una comunidad, del que se puede obtener lo mejor, donde están los más importantes recuerdos, donde se han forjado las costumbres más profundas de la convivencia social, donde se han inculcado los valores sociales y morales que dan identidad como pueblo, base de la identidad de la nación.
Más allá de las tradiciones, se han impulsado algunas fiestas de origen comercial, como la Feria de Durango. Otras más, como la de Gómez Palacio, se ha convertido en una importante feria industrial y comercial más allá de la feria agrícola de la uva y del algodón. Estas fiestas conformadas para comunidades urbanas de gran dimensión, integradas por numerosas y pequeñas comunidades y por barrios y colonias, no han llegado a tener la penetración – por ajenas – en la comunidad, convirtiéndose en realidad en grandes momentos de esparcimiento y fiesta.
VI. la identidad duranguense como la vida misma es algo en permanente construcción e impacta a las comunidades extranjeras donde residen los integrantes.
La identidad duranguense se ha ido re-dibujando. Al respecto la maestra Guadalupe Rodríguez López, Directora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UJED, nos dice: elementos como la abrumadora e histórica migración al vecino país del norte (más de 400,000 duranguenses viven allá), que ha impactado tanto al gringo como al durangueño; por el paisano va y regresa, por que va y se lleva a la familia y con ella se lleva su gusto por el chile y la tortilla; pero también regresa y llega con las maletas repletas de ropa gabacha, con sendas reproductoras de música tex-mex y hablando en florido espanglish y con todo aquello esparce como una estela en el pueblo, la idea de que vale la pena jugársela. Y qué decir de ese otro elemento insoslayable que igual juega en la reconfiguración de nuestra identidad como es el marco, actividad que, sin duda, ha preñado ya nuestra cultura; los niños de la sierra viven la siembra y la cosecha de la hierba como parte de la vida, y así la suman a sus juegos infantiles, en la sierra aprenden a imaginar y a ser los futuros sembradores, distribuidores, capos, quizá; el narco ha llegado a los altos niveles de la política; también ha impregnado a los jóvenes citadinos quienes se amoldan a una manera de ser de ostentoso machismo y desdeño por la vida. Los narcocorridos se pasean los domingos por la veinte de noviembre mientras la banda de música del estado toca en el Kiosco como hace más de cien años.
En cuanto a los trazos sobre la identidad del durangueño ella resalta nuestras coincidencias. Pero nos deja la reflexión sobre los ritmos que los durangueños imprimimos a la vida, “ritmos que los durangueños le imprimimos a la vida; ritmos lentos, pausados, que, para mi gusto, también definen nuestra manera de ser; son ritmos que yo me he preguntado si tienen que ver con el tardío arribo de los trenes a Durango, o tal vez con el clima, o con el azul del cielo, o con el Cerro inamovible. Para mí no es claro pero lo que sí sé es que en Durango el tiempo aún no se reduce del todo a dinero (Thompson); algunas horas son todavía marcadas por las campanas de las iglesias; los lunes son para muchos extensión del domingo y en las plazas hay gente a toda hora; niños correteando, viejos contándose historias y jóvenes intercambiando besos. “Nos sentimos duranguenses porque así lo determina también nuestro sentimiento”.
VII. Es importante estudiar, difundir y construir la Durangueñeidad con la participación del gobierno y la sociedad.
Pero, ¿por qué es importante hablar sobre la identidad cultural y específicamente la durangueñeidad en tiempos de la globalización? Precisamente por la imperante necesidad de afirmar la cultura ante los retos que presentan los cambios vertiginosos y el fenómeno de aculturación (o mezcla de costumbres ajenas). La postmodernidad ha traído la globalización, la interacción de las diversas nacionalidades, la construcción de la aldea global y la mediatización de la sociedad. Ha enarbolado a la libertad, la igualdad y la democracia; los derechos humanos, pero también ha propiciado el individualismo, el anarquismo, consumismo y la alienación del hombre a la cosificación, además de un achicamiento del Estado.
Ante esta perspectiva, la postmodernidad representa varios retos para los estudiosos de la identidad cultural y el sentido de pertenencia. En primer lugar la desaparición de las fronteras nacionales mediante la globalización. La mediatización de la sociedad, la individualización, la pérdida de valores, etc. Es por ello que el estudio de la durangueñeidad, en este caso, representa un intento por conservar las características más esenciales del duranguense: el amor por el trabajo y por su tierra; la cohesión familiar, la religión y el respeto por prójimo.
La intención de abordar además los conceptos de la durangueñeidad es para definir el origen y el destino de nuestra cultura, de aquello que nos hace sentir duranguenses. Se trata entonces de establecer el rumbo de nuestro futuro como duranguenses y de conservar y preservar los valores característicos que nos distinguen de los otros y que nos hacen sentir orgullosos de nuestro pasado, en donde la identidad sea el hilo conductor de los planes de desarrollo, con visión de futuro, de Durango.